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ISHIGURO DESPUÉS DE LO HUMANO

KLARA Y LA EXTRAÑA TERNURA DE LAS MÁQUINAS

Dibujo: La extraña ternura, de Gabriel Torres Chalk.

Kazuo Ishiguro lleva décadas escribiendo sobre criaturas que no comprenden del todo qué son. No es una afirmación especialmente extravagante si pensamos en Stevens, el mayordomo de Los restos del día, que ha construido su identidad alrededor de una idea de servicio hasta descubrir demasiado tarde cuánto de sí mismo ha quedado sepultado bajo ella; o en Kathy, Tommy y Ruth, los jóvenes de Nunca me abandones, educados para aceptar con una normalidad aterradora el destino que otros han diseñado para sus cuerpos. En Ishiguro siempre hay alguien viviendo dentro de una explicación incompleta del mundo.

Por eso resulta casi inevitable que un día apareciera Klara.

Klara y el Sol podría haber sido una novela de ciencia ficción o de inteligencia artificial, grandes corporaciones, prótesis cognitivas y máquinas extraordinarias. Ishiguro hace exactamente lo contrario. Coloca a una amiga artificial detrás de un escaparate y la deja mirar.

Klara observa a los transeúntes, aprende sus gestos, intenta comprender sus emociones. Su inteligencia empieza por la atención. Tal vez por eso produce tanta extrañeza: porque mientras creemos estar contemplando cómo una máquina intenta descifrar a los humanos, poco a poco descubrimos que somos nosotros quienes hemos quedado bajo observación.

Ishiguro lleva a cabo aquí uno de sus trucos más delicados. Nos permite reconocer los errores de Klara, sus asociaciones equivocadas, su comprensión incompleta de la causalidad, incluso la peculiar devoción que desarrolla hacia el Sol, y durante un instante podemos sentirnos superiores a ella. La máquina no comprende del todo cómo funciona el mundo.

Pero nosotros tampoco.

Construimos explicaciones con fragmentos, confundimos coincidencias con causalidades, atribuimos intenciones, inventamos relatos para sobrevivir al azar y llamamos experiencia a la suma de interpretaciones que hemos conseguido conservar. Klara resulta ingenua porque creemos reconocer desde fuera los límites de su pensamiento. Lo inquietante comienza cuando esos límites empiezan a parecernos familiares.

Y hay algo todavía más extraño: Klara cree.

Una de las viejas fantasías acerca de la inteligencia artificial imaginaba máquinas gobernadas por una racionalidad extrema. HAL 9000 no necesitaba dioses. El ordenador era precisamente aquello que había dejado atrás nuestras debilidades: superstición, deseo, miedo, esperanza. Ishiguro introduce una pequeña bomba en ese imaginario. Su criatura artificial construye una especie de cosmología alrededor del Sol. Lo observa, recibe de él energía, le atribuye capacidades que exceden cualquier explicación mecánica y termina depositando en él una esperanza que tiene algo de oración.

La máquina inventa un mito.

De repente, las fronteras empiezan a desordenarse. El humano ya no conserva el monopolio de la irracionalidad, del sacrificio ni quizá tampoco de la fe.

Y entonces aparece la pregunta que atraviesa toda la novela sin necesidad de formularse brutalmente: ¿puede una máquina amar?

Ishiguro es demasiado buen escritor para responder. Hace algo mucho más eficaz: consigue que la pregunta deje de parecernos absurda. Sabemos que Klara es artificial. No existe engaño alguno. Conocemos su naturaleza desde el principio y, sin embargo, nos preocupamos por ella. Queremos que comprenda, que no sea abandonada, que sus esperanzas no sean completamente inútiles. La paradoja resulta especialmente contemporánea: sabemos que el origen de una experiencia puede ser artificial y, sin embargo, aquello que provoca en nosotros es perfectamente real.

La causa puede ser artificial. El efecto no.

Una imagen inexistente puede conmovernos. Una voz sintética puede despertar un recuerdo verdadero. Un personaje que sabemos construido puede acompañarnos durante años. En realidad, la literatura lleva siglos demostrando exactamente eso. Don Quijote existió o no y, sin embargo, pocas criaturas han intervenido tanto en nuestra manera de imaginar el mundo. Tal vez la inteligencia artificial no inaugure esa paradoja, sino que la traslade desde la ficción hacia nuestra vida cotidiana.

Ahí es donde Klara y el Sol se vuelve especialmente interesante para pensar nuestro presente. Durante el Posmodernismo aprendimos a sospechar. De las imágenes, de los relatos, de la autoridad, de la autenticidad. Descubrimos que detrás de cada representación podía existir otra representación y que la realidad estaba atravesada por simulacros, construcciones y discursos. Pero algo empieza a cambiar. Saber que una experiencia está mediada o fabricada ya no impide necesariamente que participemos de ella.

Ésa es una sensibilidad profundamente metamoderna: creemos y desconfiamos al mismo tiempo. Sabemos que algo es artificial y permitimos, pese a todo, que nos afecte. Reconocemos la construcción y seguimos buscando significado dentro de ella. Ya no se trata de regresar ingenuamente a la sinceridad anterior a la ironía, sino de atravesar la ironía y descubrir que tampoco podemos vivir instalados permanentemente en ella.

Klara sabe poco y cree mucho. Nosotros sabemos y quizá necesitemos volver a creer un poco. Por eso su presencia dentro de la obra de Ishiguro resulta menos extraña de lo que parece. Stevens también creyó. Los jóvenes de Nunca me abandones también habitan un sistema de creencias que determina el horizonte de sus vidas. Todos ellos aceptan parcialmente una narración acerca de sí mismos y sólo lentamente descubren las grietas.

Ishiguro no necesita naves espaciales ni ciudades incendiándose para construir una distopía. Le basta con una conversación educada, un jardín, una taza de té, alguien que decide no decir una determinada frase.

Sus catástrofes suelen hablar en voz baja. Y quizá por eso Klara inquieta más que muchos robots cinematográficos. No pretende conquistar el mundo. Pretende comprenderlo. Quiere cuidar. Observa. Aprende. Se equivoca. Está dispuesta a sacrificarse.

El peligro —si es que existe alguno— no procede de que se vuelva monstruosamente diferente de nosotros, sino de que empieza a parecérsenos demasiado.

Incluso el viejo imaginario del cyborg se vuelve extraño ante ella. Durante décadas supusimos que la hibridación entre humano y máquina tendría lugar en el cuerpo: implantes, prótesis, electrodos, chips. Pero quizá la transformación decisiva sea menos espectacular. Puede ocurrir en nuestras costumbres, en nuestra forma de conversar, recordar, decidir, acompañarnos.

La máquina no necesita entrar bajo nuestra piel. Puede bastar con que entre en nuestras relaciones.

Ahí comienza una condición todavía difícil de nombrar. No exactamente humana, tampoco posthumana en el sentido clásico, sino mutante: una zona en la que las categorías siguen existiendo pero empiezan a perder nitidez.

Ishiguro no intenta resolverla.

Deja a Klara mirando el Sol. Y quizá esa última imagen contenga algo esencial de nuestro presente: una criatura artificial contemplando una estrella, atribuyéndole un sentido que probablemente no posee y esperando de ella algo parecido a un milagro.

Podemos sonreír ante su ingenuidad. Aunque convendría no hacerlo demasiado deprisa. Llevamos miles de años mirando el mismo Sol.

Por Gabriel Torres Chalk

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