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DOS DISCOS DEBAJO DEL BRAZO: DE STICKY FINGERS A FOREIGN TONGUES

Dibujo: Dos discos bajo el brazo, de Gabriel Torres Chalk

La primera vez que recuerdo haber escuchado de verdad a los Rolling Stones, un amigo apareció en mi casa con dos discos bajo el brazo. Uno era Desire, de Bob Dylan. El otro, Sticky Fingers. Para un adolescente, aquello era un chute.

No había todavía historia del rock, listas de los cien mejores discos, documentales con imágenes restauradas ni ediciones conmemorativas de cuatro vinilos y un libreto de setenta páginas. Tampoco existía esa maquinaria retrospectiva que acaba convirtiendo cualquier cosa que sobrevivió medio siglo en patrimonio de la humanidad. Había dos discos. Un amigo. Una habitación. Y había que ponerlos.

Es curioso cómo trabaja la memoria. Olvida conversaciones enteras, rostros, fechas, habitaciones en las que hemos vivido y hasta personas a las que juramos no olvidar nunca, pero conserva una portada. Un riff. El instante exacto en que una aguja toca el vinilo.

Desire y Sticky Fingers. Vistos desde ahora parecen dos artefactos procedentes de una civilización desaparecida. Entonces eran presente. Porque después llegaron los años y los Rolling Stones fueron dejando de ser solamente un grupo de rock para convertirse en otra cosa. Un monumento. Una marca. Una lengua universal. Una empresa ambulante capaz de atravesar generaciones, estadios y cambios tecnológicos sin perder el famoso logotipo de la lengua por el camino. En algún momento uno dejó de preguntarse si habría otro disco de los Stones y empezó a preguntarse cuánto tiempo más podían continuar siendo los Stones.

También conviene admitir algo que la veneración suele ocultar: han hecho canciones extraordinarias y canciones bastante malas. Discos imprescindibles y otros perfectamente prescindibles. Ser una leyenda no concede inmunidad contra el aburrimiento. A veces incluso lo favorece. Una banda puede terminar convertida en intérprete de su propia estatua. Por eso recibí Foreign Tongues con cierta prevención. Otro disco de los Rolling Stones.

Uno cree saber lo que va a encontrar antes de escucharlo: las guitarras, el fraseo de Jagger, el esqueleto del blues, el viejo traqueteo de Keith Richards avanzando como una locomotora que perdió hace décadas el manual de mantenimiento pero se niega obstinadamente a detenerse.

Y al principio ocurre precisamente eso. Los Rolling Stones suenan a los Rolling Stones. Nada especialmente revolucionario. El problema —o la sorpresa— comienza cuando uno sigue escuchando.

Foreign Tongues apareció el pasado 10 de julio, apenas tres años después de Hackney Diamonds. Son catorce canciones, de nuevo producidas por Andrew Watt, y en ellas aparecen invitados como Paul McCartney, Steve Winwood o Robert Smith, además de una intervención póstuma de Charlie Watts procedente de sesiones anteriores. Todo eso puede alimentar perfectamente el aparato promocional, pero no explica lo que me interesa del disco.

Lo que me interesa es que suena. Hay discos perfectamente ejecutados que uno deja de escuchar antes incluso de que terminen. Todo está en su sitio y nada ocurre. Foreign Tongues, en cambio, tiene momentos en los que parece desprenderse ligeramente de su propia condición de producto. Algo se mueve debajo. No sé si es sugestión mía, pero por momentos encuentro en él una extraña textura de vinilo. No hablo del ruido superficial ni de imitar artificialmente un disco antiguo. Tampoco de convertir el pasado en un filtro de Instagram. Es otra cosa. Una cierta separación entre los instrumentos. Algo de aire. De suciedad. La impresión ocasional de que detrás de la grabación todavía existe una habitación y, dentro de esa habitación, unos músicos tocando.

Quizá tenga alguna relación con la manera en que fue grabado. Jagger ha descrito unas semanas especialmente intensas y Richards habló de un mes concentrado de trabajo, recuperando además cierta atmósfera londinense.

Pero prefiero no explicarlo demasiado. Hay sonidos que desaparecen cuando intentamos diseccionarlos.

El disco se mueve sin demasiado complejo entre el blues, el rock, el country, el funk e incluso territorios más bailables, pero lo más interesante no es comprobar cuántas casillas estilísticas siguen siendo capaces de rellenar. Eso sería convertirlos precisamente en el museo del que intentan escapar. Lo interesante es que en algunos momentos parecen tocar sin la obligación de demostrar nada. Incluso hay algo ligeramente gamberro, una falta de solemnidad especialmente saludable en una banda que lleva sobre los hombros sesenta y cuatro años de historia.

Tal vez ahí resida parte del secreto.

A determinada edad —también para quienes escuchamos— la verdadera rebeldía quizá consista en dejar de preocuparse por parecer joven.

Los Stones no necesitan rejuvenecer. Sería espantoso.

No necesito escuchar a Mick Jagger intentando convencerme de que tiene veinticinco años. Ni a Keith Richards comportándose como una criatura recién salida de TikTok. Lo verdaderamente extraño, y mucho más interesante, es escuchar a unos músicos que pertenecen literalmente a otra época producir algo que todavía mantiene contacto con el presente.

No siempre lo consiguen. Hay momentos previsibles. Fórmulas reconocibles. Lugares por los que ya hemos pasado. Alguna canción que probablemente no recordaré dentro de diez años y quizás tampoco dentro de diez días. Pero eso también forma parte del asunto. No estamos ante Exile on Main St. ni ante Let It Bleed, y fingir lo contrario sería hacerle un flaco favor al disco.

Foreign Tongues me interesa precisamente porque no necesita ganar esa competición.

La portada también participa de ese extraño juego con el tiempo. Nathaniel Mary Quinn ha construido un rostro fragmentado y recompuesto con rasgos de Jagger, Richards y Wood: una cara imposible y, sin embargo, reconocible. Cuando los Stones comenzaron a anunciar el álbum, cada uno mostró una zona diferente de esa imagen hasta que los fragmentos terminaron componiendo el rostro completo.

No se me ocurre una metáfora mucho mejor para la memoria. La memoria tampoco conserva.

La memoria monta, recompone, reconfigura. Coge un pedazo de una canción. Una cara. Una pareja. Una tarde. Una portada. El olor de una habitación. Un amigo entrando por una puerta con dos discos bajo el brazo. Después mezcla todo eso, elimina treinta años, cambia algunas luces y nos devuelve una imagen que juraríamos verdadera.

Quizá por eso me gusta también el título: Foreign Tongues. La música de nuestra adolescencia acaba convirtiéndose inevitablemente en una lengua extranjera. El mundo que hablaba aquel idioma ya no existe. Han desaparecido las tiendas de discos en las que nos hundíamos de forma ritual, las cintas grabadas, los mercados de Camden Town o Inverness St. donde nos perdíamos horas y horas, las portadas examinadas mientras sonaba la primera cara del LP. La música ya no necesita que nadie aparezca en casa con dos discos bajo el brazo. Está toda aquí. Toda al mismo tiempo. Una biblioteca infinita esperando en una pantalla.

Durante unos segundos, entre una guitarra y otra, reconozco algo. Una textura. Un ritmo. Quizá simplemente una manera de escuchar. Y detrás de ella aparece otra vez aquella escena remota. Dos discos. Una aguja descendiendo. Y aquella sensación extraordinaria y sublime cuando uno era adolescente, de que todavía no sabíamos qué iba a ocurrir cuando empezara el siguiente track.

Por Gabriel Torres Chalk

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