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SONNY ROLLINS: EL PUENTE QUE AFINÓ EL SILENCIO

Cuadro: Williamsburg Bridge (2020), de Gabriel Torres Chalk

Cuando uno piensa en un puente de Nueva York suele pensar en el Brooklyn Bridge. No hay culpa en ello. La ciudad lo ha colocado ahí, en la imaginación del mundo, como si fuera una costilla de hierro suspendida entre la niebla, los taxis, los turistas, los fantasmas de la fotografía antigua y esa promesa americana que a veces parece una novela y a veces una factura sin pagar.

El Brooklyn Bridge no es cualquier puente. Tiene algo de entrada ceremonial, de puerta bíblica sin religión fija. Uno lo cruza y siente que no está pasando simplemente de una orilla a otra, sino de una versión de sí mismo a otra un poco más cinematográfica. Las torres, los cables, la madera bajo los pies, el viento levantando frases que nadie termina de decir. Todo allí parece haber sido filmado antes de que uno llegue. Incluso la propia emoción llega con un leve retraso, como doblada al castellano por un actor con gabardina.

Hay puentes que no sirven solo para cruzar. Hay puentes que separan dos orillas y, al mismo tiempo, abren una tercera: una zona suspendida donde la ciudad deja de ser ciudad y se convierte en respiración, ruido, intemperie, pregunta. El Williamsburg Bridge, en Nueva York, pertenece a esa estirpe de estructuras que no se conforman con unir puntos en un mapa. Tiene algo de costilla metálica, de animal industrial tendido sobre el East River, de pentagrama oxidado por donde pasan trenes, coches, peatones, viento y fantasmas.

No es el puente más dócil para la postal. No tiene esa obediencia turística de los monumentos que ya saben desde qué ángulo deben ser fotografiados como el Brooklyn. El Williamsburg Bridge parece menos interesado en gustar. Es más áspero, más funcional, más trabajador. Un puente con ruido en las vértebras. Un puente que no contempla la ciudad: la soporta. La mastica. La deja pasar sobre su lomo de hierro.

Quizá por eso Sonny Rollins lo eligió sin elegirlo del todo. La explicación práctica es conocida y casi doméstica: necesitaba practicar durante horas sin molestar a los vecinos. Vivía en el Lower East Side, el saxo tenor no es precisamente un susurro de convento, y la convivencia urbana tiene sus límites. Así que Rollins subió al Williamsburg Bridge. Entre 1959 y 1961, cuando ya era uno de los grandes saxofonistas de su tiempo, desapareció parcialmente de la escena pública y se puso a tocar allí, sobre el puente, a la intemperie.

La imagen es demasiado poderosa para reducirla a anécdota. Un músico en la cima de su prestigio se retira. No para descansar. No para proteger su leyenda. Se retira para practicar. Para tocar solo. Para medirse con algo más duro que el aplauso: el ruido del mundo. Y el silencio.

Abajo, el East River. Alrededor, la maquinaria de Nueva York. Trenes, motores, bocinas, pasos y más pasos, viento. El puente no era un estudio de grabación, sino un animal de hierro lleno de interferencias. Allí el sonido del saxo no podía reinar cómodamente. Tenía que abrirse paso. Tenía que aprender a convivir con lo que no escucha. Tenía que soplar contra la ciudad sin imponerse del todo a ella.

Esa es la parte que me interesa de Sonny Rollins ahora que su pérdida obliga a volver sobre su figura. Me interesa el ser que, cuando pudo convertirse en estatua, prefirió volver al aprendizaje. El músico que entendió que la grandeza no consiste en tocar siempre ante alguien, sino en ser capaz de tocar cuando no hay nadie esperando nada. La soledad de Rollins sobre el Williamsburg Bridge no era una soledad decorativa. No era esa soledad de artista con bufanda al viento y mirada de contraportada. Era una soledad de trabajo. De insistencia. De repetición. Una soledad casi obrera. Subir, tocar, escuchar, corregir, volver a tocar. El saxo contra el tráfico. La respiración contra el metal. La melodía buscando una forma entre el estruendo.

Años después, cada vez que he vuelto a Nueva York, he comprendido que la ciudad no se recuerda como un lugar, sino como una presión. La primera vez que fui era un niño de nueve años y viajaba con mi padre y mi hermano. Nueva York fue entonces una criatura vertical, excesiva, hecha de sirenas, escaparates, cristales, humo de alcantarilla y edificios que parecían no terminar nunca de acabarse. La segunda vez llegué con otra hambre. Era ya una mirada distinta, más contaminada por el cine, por la música, por esa mitología de carretera que uno lleva encima aunque aterrice en avión. Un hambre de road movie.

En aquella segunda visita la ciudad tenía para mí algo de disco abierto. Se caminaba como se escucha un solo: sin saber exactamente dónde va a caer la próxima frase, pero sintiendo que todo pertenece a una arquitectura secreta. Una esquina podía ser un compás. Una boca de metro, un redoble. Un taxi amarillo, una nota demasiado brillante. Nueva York improvisaba delante de uno.

Por eso la historia de Rollins en el Williamsburg Bridge me parece más que una escena legendaria del jazz. Me parece una forma de leer la ciudad. Nueva York como instrumento involuntario. El puente como caja de resonancia. El tráfico como sección rítmica. El río como bajo oscuro. El viento como productor implacable. Y en medio de todo, un hombre con un saxo tenor tratando de arrancarle al aire una verdad nueva.

Cuando Rollins regresó de aquel retiro, grabó “The Bridge”, publicado en 1962. El título no era una metáfora ornamental, sino una coordenada espiritual. El disco traía consigo la memoria de esas horas suspendidas sobre el East River. No hacía falta oír literalmente los coches ni los trenes para que estuvieran allí. Estaban en la tensión del sonido, en la claridad del fraseo, en esa manera de tocar como quien cruza algo más profundo que una distancia física.

“The Bridge” no es solo el álbum de un regreso. Es el disco de alguien que vuelve después de haberse quitado de en medio. Y eso, en arte, importa mucho. Hoy esa decisión resulta casi escandalosa. Vivimos en una época que confunde presencia con existencia. Todo debe emitirse, mostrarse, publicarse, comentarse, fotografiarse, venderse, convertirse en relato inmediato. La duda se monetiza. El proceso se exhibe. El silencio parece sospechoso. Rollins hizo lo contrario: se retiró, practicó, pensó, estudió, sopló contra el viento, dejó que la ciudad le pusiera resistencia. No convirtió su búsqueda en espectáculo. La vivió.

Tal vez por eso no conviene despedirlo con una elegía demasiado pulida. Sonny Rollins no necesita incienso. Necesita aire. Necesita hierro. Necesita río. Necesita que recordemos no solo lo que tocó, sino el modo en que supo detenerse. Hay artistas que enseñan por acumulación; otros, por interrupción. Rollins pertenece también a esta segunda familia: la de quienes saben que una pausa puede cambiar el destino de una obra.

Desde 2014 ya no actuaba en público por problemas pulmonares. En un saxofonista, esa palabra tiene una crueldad especial. Aire. Aliento. La materia invisible de la música. El saxo tenor no se toca solo con los dedos ni con la técnica ni con la memoria de las escalas. Se toca con una parte íntima del cuerpo que acepta salir al mundo convertida en sonido. Que Rollins terminara apartado del escenario por una enfermedad respiratoria parece una ironía escrita por un dios torpe, de esos que no entienden de jazz pero se atreven con los finales.

Y, sin embargo, la música queda. Queda como quedan algunas respiraciones después de haberse apagado: no en el aire inmediato, sino en la forma en que modificaron la habitación. Sonny Rollins modificó la habitación del jazz. La ensanchó. La volvió más libre, más física, más inteligente, más juguetona, más imprevisible. Tocaba como si la melodía fuera un animal al que no había que domesticar del todo. La perseguía, la soltaba, la hacía tropezar, la levantaba de nuevo. Había humor en su sonido, pero también una fuerza telúrica. Una alegría con huesos. Una inteligencia que no necesitaba sentarse en una silla para pensar.

Ahora, al volver sobre esa imagen del Williamsburg Bridge, entendemos que allí se concentra algo más grande que una biografía. Un músico solo sobre un puente, tocando para nadie, es una de las formas más puras de la fe artística. No la fe solemne, no la fe de museo, no la fe que se pone corbata para inaugurar una placa. Una fe más áspera. Una fe animal.

Ese es el Sonny Rollins que me gustaría recordar: no el monumento, sino el buscador. No solo el coloso, sino alguien que aceptó volver a ser aprendiz. No la leyenda encerrada en el mármol, sino la respiración suspendida sobre un río oscuro.

En algún punto de aquellas noches, sobre el Williamsburg Bridge, Rollins debió de escuchar algo que no estaba en ninguna partitura. Tal vez el tráfico. Tal vez el viento. Tal vez el cansancio. Tal vez Nueva York entera contestando con su mala educación maravillosa. Tal vez se escuchó a sí mismo por primera vez sin el ruido de su propio prestigio: un artista con un saxo frente al hierro. Un músico afinando el silencio. Un puente que todavía suena.

Por Gabriel Torres Chalk

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