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MO YAN: LA HISTORIA, ESE ENORME ANIMAL

Cuadro: »Ese animal enorme», de Gabriel Torres Chalk

Hay épocas en las que la Historia entra por la puerta principal. Derriba estatuas, cambia banderas, modifica fronteras y obliga a aprender palabras nuevas para nombrar cosas que hasta entonces parecían inmutables. Otras veces, sin embargo, pasa detrás de nosotros como un animal enorme. Apenas lo vemos. Tal vez escuchamos su respiración, sentimos vibrar ligeramente el suelo bajo los pies o descubrimos una mañana que alguien ha movido los muebles.

Solo mucho después comprendemos que aquello era la Historia. En Cambios (变 Biàn), Mo Yan no necesita colocarla en el centro de la habitación. La deja circular.

El libro es breve. Casi engañosamente breve. No es relato, no es novela, no es autobiografía. Es una sucesión de recuerdos que atraviesan varias décadas de la vida del escritor: la escuela, antiguos compañeros, maestros, trabajos, encuentros y desencuentros; personas que prosperan, otras que parecen quedarse atrás, caminos que se separan y vuelven inesperadamente a cruzarse. También aparecen camiones. Y no es un detalle menor. En determinados momentos de la vida, un camión puede contener más Historia que un monumento.

Mo Yan observa esas cosas.

No parece interesado en construir una gran cronología de China, sino en algo más difícil si cabe: averiguar qué aspecto tiene el cambio cuando todavía no sabemos que estamos cambiando porque la perspectiva todavía no nos deja ver lo que estamos atravesando.

La Historia oficial suele trabajar con fechas. La memoria, en cambio, posee otros instrumentos de medición. Un olor. Un uniforme. Una bicicleta. La marca de un cigarrillo. La manera en que alguien era admirado en la escuela. El primer beso. El primer amor. Un vehículo que parecía extraordinario y que años después se ha convertido en una reliquia absurda. Una persona a la que recordábamos de una forma y que, al reencontrarla, parece haber sido escrita por otro autor.

Eso es quizá lo más fascinante de Cambios: mientras el país se transforma, los personajes continúan ocupándose de sus pequeñas obsesiones, de lo humano, de lo animal.

En China, la idea de cambio posee una profundidad cultural difícil de ignorar. Uno de los textos más antiguos y más modernos de su tradición espiritual, energética, intelectual lleva precisamente ese concepto en el encabezado: Yijing, el Libro del Cambio. No es un libro. Es un Sistema. Es un Universo que parte de una intuición elemental y vertiginosa: ninguna configuración es definitiva. Todo estado contiene ya las condiciones de su transformación.

El propio título de esta memoria adquiere entonces una profundidad que va mucho más allá de la transformación social o biográfica. En la tradición china, el Yijing —conocido en occidente como Libro de los Cambios— no es simplemente un libro en el sentido cómodo y cerrado que solemos atribuir a esa palabra, sino un antiguo sistema oracular, una arquitectura simbólica donde conocimiento, energía y transformación forman parte de un mismo movimiento. Su intuición fundamental no consiste en predecir un futuro inmóvil, sino en leer las fuerzas que ya están actuando dentro del presente, comprender cómo una configuración comienza a convertirse en otra y reconocer que ningún estado contiene en sí mismo la permanencia. Mo Yan parece trasladar esa sensibilidad a otra escala. En esta memoria novelada no consulta los signos del oráculo en el sentido tradicional del término: observa a sus compañeros de escuela, los oficios, las ambiciones, los objetos, los encuentros que el tiempo modifica y devuelve bajo otra forma. La Historia deja así de ser una fría sucesión de fechas para convertirse en un campo de transformación continua, una energía inmensa que atraviesa las existencias particulares sin necesidad de revelarse por completo. Ese es el enorme animal del título: no una criatura que irrumpe desde fuera, sino una fuerza cuya presencia solo llegamos a reconocer cuando ya ha cambiado el paisaje, las relaciones y hasta la manera en que recordamos quiénes fuimos.

No hace falta convertir a Mo Yan en comentarista del Yijing para escuchar esa resonancia vital. En Cambios, las posiciones se alteran. El alumno que parecía destinado a una vida puede terminar viviendo otra. Quien ocupaba un lugar privilegiado puede desaparecer del centro. Los símbolos de modernidad envejecen. Las personas se encuentran décadas después y descubren que el tiempo no se ha limitado a añadirles años: ha modificado la relación entre ellas. Nada permanece exactamente donde estaba. Ni siquiera el recuerdo. Porque la memoria también transforma.

Mo Yan escribe desde un presente que reorganiza continuamente el pasado. Lo que recuerda el niño no es necesariamente lo que comprende el adulto. Entre ambos existe una distancia en la que se instala la literatura, a veces la crónica, a veces un equilibrio o experiencia que en breve será otra cosa.

Tal vez esa sea una de las razones por las que Cambios resulta tan auténtico. Parece sencillo. Uno avanza por sus páginas con la sensación de escuchar a alguien contar historias después de una comida: ¿te acuerdas de aquel compañero?, ¿qué habrá sido de aquella mujer?, ¿y aquel profesor?, ¿y aquel camión?

Pero lentamente empieza a producirse otra cosa. Detrás de esas anécdotas comienza a aparecer la silueta de un país. Nunca completa. Nunca inmóvil. China se transforma sin necesidad de ser descrita desde arriba. La vemos cambiar en la distancia entre dos encuentros. En las profesiones. En las posibilidades. En aquello que una generación considera extraordinario y la siguiente apenas mira. Quizá esa sea una de las maneras más honestas de contar la Historia. No desde el balcón. Desde la acera. Las grandes narraciones históricas tienen tendencia a convertir a millones de personas en sustantivos colectivos: campesinos, soldados, trabajadores, estudiantes, ciudadanos.

Probablemente sea cierto que estamos viviendo transformaciones decisivas, aunque quizá todavía no sepamos dónde mirar para reconocerlas. Dentro de treinta años, muchos de los titulares que hoy parecen anunciar un cambio de época habrán perdido importancia, y en cambio permanecerán otros indicios mucho más humildes: la primera vez que una máquina respondió de una forma que nos desconcertó, un objeto que desapareció silenciosamente de nuestras casas, una profesión que dejó de existir sin ceremonia alguna, un gesto cotidiano que durante años parecía insignificante y que, visto desde el futuro, acabó marcando una frontera.

Eso es, en el fondo, lo que parece comprender el narrador: que la Historia rara vez se presenta con su verdadero nombre. Casi nunca llama a la puerta para anunciar que acaba de comenzar una época distinta. Suele esconderse en una conversación recordada de manera imperfecta o fragmentada, en el reencuentro con un antiguo compañero, en una carretera que ya no conduce al mismo lugar o en un vehículo que alguna vez representó el porvenir y que termina oxidándose bajo otra idea de modernidad.

Solo cuando han pasado los años y volvemos la cabeza empezamos a distinguir el dibujo completo. Entonces advertimos que aquello que parecía una suma de episodios dispersos pertenecía en realidad al paso de algo mucho mayor. Y entre el polvo de todo lo que creíamos estable aparecen, por fin, las huellas. Eran enormes.

El animal había pasado por allí.

Por Gabriel Torres Chalk

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