LA MIRANDA: EL ARTE DEL MENSAJE EN UNA BOTELLA

Dibujo: Mensaje en una botella, de Gabriel Torres Chalk
Hubo un tiempo —no tan lejano, pero ya con esa rúbrica de era analógica tardía— en el que la cultura en Ibiza no dependía de un algoritmo nervioso ni de un calendario de stories. Dependía, entre otras cosas, de una aparición semanal: una separata cultural que llegaba con el diario y que, como una linterna discreta, iba alumbrando nombres, libros, ideas, conversaciones. Se llamaba La Miranda: su propia materialidad lo decía todo, porque no era contenido: era un objeto. En sus páginas quedaba impreso, literalmente, el pulso de una comunidad cultural que necesitaba respiración, continuidad, presencia y criterio.
Dirigida por Vicente Valero, el gesto fundacional fue de los que dejan huella: el primer número de La Miranda abrió el gran evento Ibiza, Puerto Mediterráneo del Libro, un ciclo celebrado en la isla entre 2008 y 2011. En su gesto inaugural se entiende todo: el primer número acompañó y abrió el ciclo del Puerto, que arrancó con una lectura de Raúl Zurita y se convirtió durante esos años en una ágora o plaza de resonancia. La botella no viajaba sola: viajaba con un puerto alrededor.
No se trató solo de acompañar un acontecimiento. Fue una especie de umbral editorial: un modo de declarar que la literatura, el pensamiento y las artes no eran decoración de temporada, sino una arquitectura civil. Todavía hoy, cuando se repasan nombres y ecos vinculados a aquel Puerto Mediterráneo del Libro, aparece una constelación amplia de autores y artistas que pasaron por la isla y dejaron versos, lecturas, imágenes encendidas, proyectos, colaboraciones, vibraciones, ilusión.
Conviene detenerse en el detalle del ritmo: La Miranda era de los viernes. Hay algo casi ceremonial en eso. El viernes no es un día cualquiera: es frontera, preludio, un escalón hacia el tiempo propio. En un ejemplar fechado explícitamente como viernes puede leerse esa cadencia semanal que, a fuerza de repetirse, crea hábito y crea comunidad. Ese latido es lo que convierte a un suplemento cultural en algo más que una sección: lo convierte en infraestructura, en mensaje en una botella.
Y es que los suplementos culturales, cuando funcionan, hacen una labor silenciosa pero decisiva: establecen criterio, ofrecen continuidad y construyen un archivo. Un archivo vivo. La Miranda no era una lista de novedades: era una manera de mirar y era una manera de burlar la rutina de la mirada, a decir de John Berger. El propio nombre ya sugiere un punto de observación, una atalaya cordial: Miranda como balcón, como promontorio desde el que se ve mejor el mar de lo contemporáneo y también las rocas antiguas del canon. La cultura, en una isla, necesita precisamente eso: altura para no confundirse con el ruido, y cercanía para no volverse torre de marfil.
En la práctica, esta clase de publicación cumple varias funciones que rara vez se agradecen en su justa medida. Primero, conecta: une generaciones, disciplinas y escenas (literatura con artes visuales, ensayo con música, memoria con actualidad). Segundo, legitima: no en el sentido burocrático, sino en el sentido de ofrecer una plaza pública donde la obra y la idea toman presencia. Y tercero, distribuye: hace llegar textos y nombres a lectores que quizá no irían a buscarlos por iniciativa propia. La cultura, cuando se desplaza hacia el lector, deja de ser un lujo y se vuelve derecho cotidiano.
Por eso, cuando una publicación así desaparece, el daño no siempre se nota de inmediato. Pero con el tiempo se entiende la pérdida real: no se pierde solo un cuadernillo. Se pierde una regularidad, una forma de conversación pública. En el caso de La Miranda, la desaparición dejó un hueco cultural difícil de rellenar cuando lo que falta no es un evento, sino un lugar estable para la crítica, la reseña, el pensamiento, la calidad y el buen gusto.
Reivindicar hoy La Miranda no es nostalgia: es higiene cultural. Es decir: recordar que la cultura no se sostiene únicamente con grandes nombres y galas anuales, sino con laboratorios semanales, con ediciones modestas, con páginas que enseñan a leer el presente. Una isla sin estas plataformas cae fácilmente en dos extremos: o el folklore de escaparate o el elitismo sin público. En cambio, una publicación como La Miranda opera en el punto exacto donde todo se vuelve fértil: exigencia sin pedantería, accesibilidad sin banalidad.
Además, La Miranda fue parte de un ecosistema mayor que, en aquellos años, apostó por imaginar Ibiza como un nodo literario mediterráneo, no solo como postal. Lo que ocurrió entre 2008 y 2011 con Puerto Mediterráneo del Libro fue, precisamente, un intento de abrir corredores: traer voces, activar espacios, colocar a la isla en una ruta de pensamiento y creación. La Miranda fue el registro, la respiración impresa de esa ambición.
Ese fue uno de los pilares del Puerto, no tener que salir siempre de la isla para poder ver, conocer o disfrutar de músicos, escritoras, poetas, artistas que se pueden encontrar con facilidad en las grandes ciudades. Debo mencionar también el trabajo de colaboración con profesionales creativos como Pablo Alcántara y Pauxa, que fue decisivo para poder registrar y documentar el alcance del Puerto y, en definitiva, de esa mirada.
Quizá el gesto más útil —y más hermoso— es tratar La Miranda como lo que fue: un archivo de futuro, un mensaje en una botella. Porque todo suplemento cultural serio escribe para el presente, pero también para el lector que llegará después, cuando ya no quede nadie para contar qué pasó.
En un mundo donde la conversación pública se ha vuelto espasmódica —y donde la cultura corre el riesgo de convertirse en tic, en tuit, en tendencia o en eslogan— recordar La Miranda es recordar la pausa, una forma más lenta y más valiente de hacer las cosas: la que confía en el lector, la que apuesta por el criterio, la que cree que una isla puede ser también una biblioteca abierta al mar. Una caja de resonancia de una babel que se encuentra en el ADN de los isleños.
Si el Mediterráneo es memoria líquida, La Miranda fue una de sus botellas con mensaje: cada viernes, una carta doblada, un pequeño puerto de papel. Una botella lanzada al Mediterráneo con la esperanza lúcida de que alguien la recoja en otra orilla, o en otro año, o en otra versión de la misma isla.
Lo hermoso de aquel Puerto —y de la manera en que Vicente Valero lo hacía resonar— es que no convocaba únicamente literatura como vitrina, sino un coro de oficios: escritores y poetas, pero también editores, artistas, diseñadores, músicos, gente del libro y gente del escenario, como si el libro fuese una criatura anfibia que necesita tanto la tinta como el aire.
Por allí pasaron voces que hoy siguen siendo faros o relámpagos: Juan Gelman, con esa gravedad porteña y cálida que te deja el pan sobre la mesa; Raúl Zurita, con su vida nueva, con su manera de escribir desde el borde del cielo; Olvido García Valdés, afilando lo íntimo del animal hasta volverlo mundo; en definitiva, una constelación que La Miranda ayudó a fijar en la memoria insular: Vicente Valero, Yolanda Castaño, Ana Becciú, Judith Lange, Pedro Asensio, Helena Tur, Jon Bilbao, Joan Margarit, Antonio Hernández, Pep Marí, Susanna Rafart, Ivo Machado, Ivan M, Félix Waske, Rosalba Campra, Mariángeles Fernández, Jean Willi, Gabriel Mesquida, Leonardo Oyola, Humberto Ak’abal, Muriel Grossmann, la Eivissa Jazz Big Band, el Centro de Arte Moderno de Madrid, y tantos otros nombres de enorme calidad (a un ritmo de 20-25 cada año) que, juntos, dibujaron una cartografía de intensidades más amplia que cualquier etiqueta y que supera el espacio de este humilde artículo.
En definitiva, cuando una publicación como La Miranda desaparece, no se pierde solo un cuadernillo dentro del diario. Se pierde una ruta marítima, una ruta fenicia. Se pierde ese hilo que iba cosiendo viernes tras viernes una conversación pública donde la cultura no era adorno, sino brújula. Y sin brújula, el Mediterráneo también puede volverse un espejo engañoso.
La Miranda fue una botella en el mar. Una esperanza. Pero también fue algo más raro y más difícil: la mano que la lanzaba con fe en el lector —y el lector, al otro lado del tiempo, como orilla posible.
Por Gabriel Torres Chalk
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