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TOM WAITS & MASSIVE ATTACK: CANTAR CONTRA LA BARBARIE

Máscara, de Gabriel Torres Chalk

Hay épocas en que la música entretiene. Y hay épocas, más sombrías, en que la música comparece. No llega para adornar la realidad ni para envolverla en una neblina cool, sino para dar fe. Para dejar constancia. Para hacer de testigo de la herida. “Boots on the Ground”, la colaboración recién publicada entre Massive Attack y Tom Waits, pertenece a ese segundo linaje: no es una canción que aspire a acompañar el tiempo; es una canción que lo acusa. Massive Attack no publicaba material nuevo desde Eutopia y Tom Waits no editaba un álbum desde Bad as Me en 2011; además, la cara B del próximo vinilo, The Fly, ha sido presentada como su primera pieza original en solitario en quince años. El lanzamiento llega acompañado de un corto construido con imágenes de protestas y redadas, y los beneficios del vinilo se destinarán a la ACLU y al Immigrant Defense Project.

Lo interesante no es solo que dos nombres mayores se hayan encontrado, sino por qué se han encontrado ahora. Massive Attack describió el tema como una respuesta a un clima de caos en el que el autoritarismo estatal y la militarización policial vuelven a fundirse con políticas neofascistas; varios medios han subrayado, además, que la pieza enlaza guerra exterior, represión interior, redadas de ICE y la violencia policial en Estados Unidos. No estamos, por tanto, ante una canción de actualidad en el sentido liviano del término, sino ante una obra que intenta leer una época en la que la frontera entre guerra, frontera, propaganda y espectáculo se ha vuelto indecentemente porosa.

En ese sentido, “Boots on the Ground” reactiva una función antiquísima del canto. Mucho antes de que existiera la industria cultural, el poeta ya tenía un encargo terrible y sublime: poner voz a la destrucción. Homero no cantaba la guerra para glorificarla sin resto; la cantaba también para que el dolor no se volviera mudo, para que la violencia entrara en la memoria de la tribu. El aedo y el rapsoda eran, en cierto modo, archiveros del espanto. Entre el campo de batalla troyano y los conflictos actuales hay siglos, imperios y tecnologías, incluso lo peor del ser humano cuando la humanidad acordó que “no volvería a suceder”… y ha sucedido. Pero persiste una misma obligación: alguien tiene que narrar lo que el poder preferiría reducir a cifra, daño colateral o rueda de prensa, todo disfrazado bajo la posverdad.

El músico, cantante, compositor y actor estadounidense Tom Waits

Eso es lo que esta canción entiende con una lucidez brutal. Massive Attack pone la arquitectura: respiración tensa, percusión como maquinaria de coerción, piano sombrío, repetición hipnótica, una sensación de cerco. La crítica ha señalado precisamente ese carácter cíclico y opresivo del tema, casi como si la propia forma musical quisiera reproducir el mecanismo infinito de la violencia institucional. La canción no avanza hacia una catarsis; da vueltas sobre una herida, como si dijera que el problema no es un episodio, sino un sistema.

Y luego está Tom Waits, que no canta aquí como un invitado ilustre, sino como un superviviente que entra en una sala para recordar que el humo sigue dentro. Su voz —esa mezcla de serrín, bourbon, óxido, humo de locomotora y profecía de vertedero— no embellece el material: lo vuelve más humano y más incómodo. En su caso, además, no se trata de una politización repentina.

Aunque nunca haya sido un predicador programático, su obra llevaba tiempo asomándose al coste humano de la guerra y a la podredumbre del poder: ahí están “Day After Tomorrow”, “Road to Peace” o “Hell Broke Luce”, canciones donde el conflicto bélico aparece como máquina de devastación moral, no como épica de reclutamiento.

Por eso esta alianza no suena caprichosa. Suena necesaria. Massive Attack siempre ha trabajado en la zona donde el beat se vuelve clima político; no solo por sus letras o sus declaraciones, sino por su propia estética del asedio, de la vigilancia, del mundo administrado por pantallas, drones, crisis y residuos imperiales. En los últimos años, además, el grupo ha reforzado públicamente ese perfil, desde su denuncia del vínculo entre plataformas y tecnologías letales hasta sus pronunciamientos sobre formas contemporáneas de violencia estatal. No son artistas que hayan descubierto ayer que el mundo arde: llevan tiempo oliendo el humo.

Lo más valioso de “Boots on the Ground” es que no moraliza desde arriba. No adopta el tono pulcro del famoso bienpensante que condena el horror sin mancharse los zapatos. La canción habla desde abajo: desde el soldado utilizado, desde la comunidad aterrorizada, desde la persona a la que el Estado convierte en objetivo, expediente o escombro estadístico. La crítica ha destacado justamente que el tema enlaza la guerra en el extranjero con sus réplicas internas: veteranos abandonados, brutalidad policial, precariedad, descomposición social, racismo institucional. La bota que pisa fuera termina siempre dejando barro dentro de casa.

Eso la vuelve especialmente pertinente en una época saturada de mensajes, manipulación, consignas y pseudo-indignación digital. Casi todo hoy opina; muy pocas obras atestiguan. Casi todo comenta; casi nada se arriesga a articular una forma capaz de contener el espanto sin convertirlo en mercancía emocional. Aquí, sin embargo, hay algo de elegía sucia, de salmo industrial, de balada del final del imperio. No es casual que el título reutilice una expresión asociada tantas veces al lenguaje belicista: Massive Attack y Waits la devuelven contaminada, llena de cadáveres, propaganda, sudor y mentira. Le arrancan el brillo al eslogan y lo devuelven a su origen material: una bota no es una abstracción geopolítica, sino cuero, peso, barro, hueso, costilla.

Tal vez por eso la canción resulta tan perturbadora. Porque recuerda algo que nuestra sensibilidad blanda había empezado a olvidar: que el arte también sirve para interrumpir la anestesia. No todo debe ser consuelo. No toda música nace para acompañar una conducción nocturna o una copa bien iluminada. Hay canciones que llegan para decir que el lenguaje oficial está podrido, que los discursos de seguridad suelen esconder negocios de sangre, que los patriotas de despacho rara vez pisan el terreno que ordenan arrasar. Y cuando eso ocurre, cuando una canción señala a los hipócritas y les deja en evidencia, el pop deja de ser decoración y recupera una dignidad arcaica.

De Homero a Tom Waits, del aedo al estudio, del hexámetro a la frecuencia grave, algo persiste: la necesidad de cantar la tragedia para que la tragedia no quede en manos de sus administradores. Massive Attack y Waits lo han entendido. No han escrito una canción comprometida en el sentido perezoso del rótulo cultural. Han hecho algo más viejo y más serio: han tomado la palabra cuando el poder preferiría solo ruido. Y en tiempos así, cuando tantos artistas se conforman con ilustrar el desastre, no es poca cosa encontrar a dos que todavía se atreven a levantar acta.

Y aquí resuena, a su manera áspera y transatlántica, una vieja intuición de Gabriel Celaya: que la poesía no está hecha para caer gota a gota sobre el mármol de la complacencia, ni para funcionar como mero adorno de salón, ni como objeto exquisito separado de la intemperie histórica. Hay momentos en que la palabra deja de querer ser joya y acepta ser herramienta, impacto, denuncia, respiración colectiva. “Boots on the Ground” nace precisamente en esa zona: no como pieza ornamental, no como mercancía sentimental, sino como una forma sonora de plantarse ante la devastación y decir que todavía hay lenguaje allí donde el poder quisiera imponer únicamente su jerga de cifras, seguridad y daños asumibles.

Es una canción de ahora. Pero también de hace tres mil años. Porque mientras haya guerra, frontera, mentira y muchachos enviados a morir por hipócritas cómodamente sentados, seguirá haciendo falta alguien que baje a la plaza —o al estudio, o al subsuelo del beat— y vuelva a ejercer el oficio más antiguo de todos: cantar contra la barbarie.

Por Gabriel Torres Chalk

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