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SHADOW TICKET: EL VIEJO CONSPIRADOR VUELVE A ENCENDER LA LINTERNA

Dibujo: <>, de Gabriel Torres Chalk

Hay escritores que publican un libro nuevo y hay escritores que reaparecen. Con Thomas Pynchon sucede lo segundo. Cada nueva novela suya tiene algo de mensaje interceptado, de expediente rescatado de una oficina donde todos los archivadores están ligeramente torcidos, de señal captada en una radio nocturna entre jazz, estática y paranoia. Después de más de una década sin publicar ficción —desde Bleeding Edge, aparecida en 2013— Pynchon regresa con A oscuras, traducción española de Shadow Ticket, que Tusquets publica en castellano (en librerías a partir del 13 de mayo de 2026), en versión de Vicente Campos González.

La noticia importa porque Pynchon no es simplemente un novelista de culto. Es una especie de central eléctrica de la narrativa contemporánea: invisible, vibrante, peligrosa. Su figura pública, escurridiza hasta la leyenda, ha alimentado durante décadas una mitología propia: el escritor sin rostro, el maestro de las conspiraciones, el cartógrafo de la paranoia moderna. Pero reducirlo a ese aura sería quedarse en la postal. Lo decisivo en Pynchon no es que se esconda. Lo decisivo es que sus novelas parecen un termómetro posmoderno.

El libro llega como su décima novela y la primera en doce años. El original inglés, Shadow Ticket, fue publicado en Estados Unidos el 7 de octubre de 2025 por Penguin Press. Y el punto de partida, como casi siempre en Pynchon, parece una broma hasta que empieza a oler a pólvora histórica: Milwaukee, 1932, plena Gran Depresión. Hicks McTaggart, antiguo rompehuelgas reconvertido en detective privado, recibe el encargo de localizar a una heredera desaparecida vinculada a una fortuna quesera de Wisconsin. Lo que debería ser un caso más acaba empujándolo hacia Europa, hasta Hungría, entre nazis, agentes soviéticos, contraespías británicos, músicos de swing, practicantes de lo paranormal y grupos paramilitares.

Dicho así, parece una novela negra sometida a un accidente de laboratorio. Pero eso es, precisamente, territorio Pynchon. El detective no investiga solo un caso: entra en una red. Y en Pynchon toda red es política, económica, sexual, tecnológica, histórica, musical y cómica a la vez. Nadie tira de un hilo sin que aparezca un sindicato secreto, una canción obscena, un aparato militar, una broma de mal gusto y una revelación metafísica en un callejón donde huele a cerveza tibia.

La elección de 1932 no es inocente. La Gran Depresión no es solo un decorado de sombreros ladeados y gabardinas húmedas. Es un mundo quebrado. Estados Unidos atraviesa una crisis brutal; Europa empieza a deslizarse hacia el fascismo; la modernidad, que había prometido progreso, muestra sus sótanos. En ese sentido, Shadow Ticket parece escrita desde el pasado para iluminar nuestro presente. O, mejor dicho, para recordarnos que el presente siempre ha estado incubándose en algún sótano anterior.

Pynchon lleva toda la vida escribiendo sobre eso: sobre las fuerzas ocultas que mueven la historia mientras los individuos creen estar viviendo su pequeña peripecia. Siempre hay cables bajo el suelo, mensajes cifrados, tecnologías que prometen liberación y terminan sirviendo al control, instituciones que se presentan como racionales y actúan como sectas, bromas que esconden catástrofes. Pynchon no inventó la paranoia moderna, pero le dio una arquitectura narrativa. La convirtió en forma. Por eso resulta tan interesante que vuelva ahora con una novela de apariencia más breve, ágil y detectivesca. La crítica anglosajona ha señalado su tono pulp, su ritmo, su energía casi juvenil. Hay algo hermoso en esa paradoja: el gran monstruo maximalista regresa con una novela que parece moverse con zapatos de claqué entre ruinas históricas.

Pero cuidado: en Pynchon lo ligero nunca es inocente. El chiste puede ser una trampa. El disparate puede ser una forma de precisión. El pulp, en sus manos, no rebaja la literatura: la electrifica. El detective, el jazz, la conspiración, la heredera fugitiva, los espías, las sociedades secretas y la comedia absurda no son adornos de serie B. Son antenas. Permiten captar aquello que el realismo solemne a veces no alcanza: el modo en que el poder se disfraza de casualidad, el modo en que la historia entra por la puerta de servicio, el modo en que el individuo se pierde en un sistema demasiado vasto para ser entendido y demasiado cómico para ser simplemente trágico.

Pynchon siempre ha desconfiado de las versiones oficiales. Su literatura parece partir de una intuición esencial: la historia no es una línea recta, sino un campo de interferencias. Lo que llamamos realidad quizá sea apenas la capa visible de una emisión más profunda. Debajo están los intereses económicos, los delirios ideológicos, la industria militar, la cultura popular, la tecnología, la música, el sexo, el miedo, la publicidad, las drogas, la burocracia, los fantasmas. Todo mezclado. Todo haciendo ruido y silencio.

Como suele ocurrir, el título convoca un problema de traducción y de estilo. La trama no solo desarrolla una persecución: plantea una pregunta sobre cómo se ve el mundo cuando el mundo empieza a quedarse en la sombra. Pasaje en sombra permite tres capas: viaje, fragmento textual y tránsito secreto. Muy Pynchon: un billete que también es una grieta. Entiendo la elección del título pero a veces la opción del impacto corre el riesgo de perder intrahistoria. La traducción española, A oscuras, posee eficacia atmosférica, pero sacrifica parte de la precisión simbólica del original. Shadow Ticket no remite solo a una condición de oscuridad, sino a un objeto de tránsito: un billete, un pase, una entrada hacia la zona sombría de la Historia. En ese sentido, una fórmula como Pasaje en sombra conservaría mejor la doble vibración del título: el movimiento y la penumbra, el viaje y la conspiración. Shadow es más sombra que oscuridad. La sombra no es la ausencia total de luz: es luz intervenida por un cuerpo. Siempre hay algo interpuesto entre nosotros y la claridad: el Estado, la técnica, el deseo, la conspiración, el capitalismo, una pantalla azul, un saxofón borracho en Milwaukee. A oscuras es un buen título de impacto; Pasaje en sombra habría sido un mejor título de frontera.

Pynchon nunca ha sido solo un escritor oscuro. Es también un escritor cómico. Desmesuradamente cómico. Su humor no es una concesión al lector, sino una forma de conocimiento. La risa pynchoniana no relaja: desenmascara. Se parece a esa carcajada que estalla cuando uno comprende que el edificio se está derrumbando y, aun así, alguien sigue rellenando formularios en recepción. En sus novelas, la cultura popular —canciones, cine, anuncios, jerga, pulp, televisión— no aparece como material menor, sino como el verdadero idioma del siglo XX. Pynchon comprendió antes que muchos que la alta cultura y la cultura basura no viven en mundos separados. Se contaminan. Se necesitan. Se traicionan. A veces, una canción idiota dice más sobre un imperio que un tratado solemne.

De ahí que su regreso importe también para pensar el estado actual de la novela. En tiempos de narrativas saturadas y domesticadas, de libros diseñados como productos perfectamente etiquetables, Pynchon conserva algo anómalo: la negativa a simplificar el caos. Su obra no ordena el mundo para tranquilizarnos. Lo complica para despertarnos. Nos recuerda que la novela todavía puede ser una máquina salvaje, una fábrica de conexiones, un mapa delirante, un carnaval filosófico, un artefacto punk con exceso de cableado. Para quien ya conoce a Pynchon, ofrece el placer de reencontrarse con sus obsesiones. Para quien no lo haya leído, puede funcionar como una invitación menos intimidante que Gravity’s Rainbow, ese monumento cultural donde el cohete V-2 se convierte en símbolo de una civilización capaz de transformar su inteligencia en instrumento de muerte.

Thomas Pynchon ha vuelto. No con una estatua, sino con un caso. No con una respuesta, sino con otro laberinto. Y eso, en estos tiempos de certezas prefabricadas, ya es una forma de resistencia. Shadow Ticket llega en buen momento. Porque quizá nunca hemos tenido tanta luz artificial y tan poca claridad. Porque vivimos rodeados de pantallas, datos, narrativas, consignas, ficciones políticas, algoritmos, posverdad y delirios perfectamente monetizados. Porque la realidad contemporánea se ha vuelto tan pynchoniana que tal vez necesitábamos otra vez al viejo conspirador para recordarnos que el mapa no coincide con el territorio, que la broma puede ser una advertencia y que, en mitad de la oscuridad, una novela todavía puede funcionar como linterna, como interferencia, como sabotaje.

Por Gabriel Torres Chalk

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