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Dibujo: Gasoline, de Gabriel Torres Chalk

GREGORY CORSO: GASOLINE, CUANDO EL POEMA SE FUMA EL MANUAL DE INSTRUCCIONES

Dibujo: Gasoline, de Gabriel Torres Chalk

Estos días hay gente que mira el precio del barril de Brent como antes se miraba el parte meteorológico o la fiebre de un hijo: con ansiedad doméstica y superstición bursátil. La cifra sube, baja, titubea, y de pronto el planeta entero parece oler a combustible, a cálculo y a miedo. En medio de ese pequeño culto contemporáneo al petróleo, volver a Gasoline de Gregory Corso tiene algo de gamberro, de broma excelente y de artefacto incendiario: mientras el mercado pregunta cuánto cuesta el barril, Corso responde con otra cuestión bastante menos tranquilizadora —qué pasa cuando el lenguaje mismo decide arder.

Porque Gasoline no usa la gasolina como decoración pop ni como fetiche de época. La usa, más bien, como principio activo: energía, riesgo, aceleración, amenaza. Publicado por City Lights en 1958 dentro de la mítica Pocket Poets Series, el libro sigue teniendo la mala educación de los textos que no entran en una habitación para saludar, sino para dejar una cerilla encendida sobre la mesa. Y quizá por eso hoy vuelve a leerse tan bien: porque cuando la actualidad habla en barriles, fletes y estrechos bloqueados, Corso recuerda que también la poesía puede ser un material inflamable.

Hay libros que no se leen: se encienden. Gasoline llega con el ruido de una cerilla. No ilumina con timidez: amenaza con prender el cuarto entero. Y esa amenaza es su forma de verdad.

A la Beat Generation se la ha reducido demasiadas veces a una postal: carreteras, humo, cafés nocturnos, cierto romanticismo de cuero y amanecer. Pero Corso no cabe en esa vitrina. No quiere una estampa generacional; quiere un golpe de aire. Gasoline es justamente eso: una poesía que no posa, no adorna, no se instala. Se mueve. Se desvía. Acelera.

Lo disruptivo de Corso no está en la pose sino en la mecánica. Hay poetas que escriben como quien coloca flores en un jarrón. El poeta escribe como quien lanza el jarrón contra la pared y, en vez de lamentar los fragmentos, escucha qué dicen al caer. Su sintaxis avanza con esa lógica: parece que va a obedecer, pero de pronto gira. No por capricho, sino por fidelidad a una intuición central: la experiencia no transcurre en línea recta. Lo real zigzaguea, se contradice, tropieza, vuelve sobre sí mismo y, aun así, conserva una dignidad eléctrica. Corso convierte esa energía zigzag en forma.

Por eso el libro admite tan bien una lectura musical. El bop no funciona aquí como adorno cultural, sino como método. En jazz, el standard es solo el punto de partida; lo decisivo llega cuando el músico se aparta del trazado y encuentra una respiración propia. Corso hace eso con la lengua. Arranca desde una escena reconocible —una calle, una habitación, un recuerdo, una noche cualquiera— y de pronto el verso improvisa. El resultado parece espontáneo, pero responde a un oído muy preciso: cortar justo antes de que el poema se vuelva decorativo, acelerar cuando la emoción amenaza con ponerse solemne, cambiar de carril cuando el lector cree haber entendido demasiado pronto.

Uno de los grandes aciertos de Gasoline está en su tratamiento de la memoria. En muchos libros, la memoria se presenta como archivo o como refugio: un lugar al que volver para encontrar sentido.

En esta poética sucede lo contrario. La memoria no es un museo, sino un callejón con luz sucia. El poema regresa al origen no para abrazarlo, sino para comprobar que el origen ya no devuelve el abrazo.

Ahí brilla de manera especial “Birthplace Revisited”, quizá una de las piezas más intensas del volumen. La escena es simple: el hablante observa, desde la calle y de noche, la ventana del lugar donde nació. Dentro hay luz, cuerpos, movimientos, otra vida que sigue sin él. Con muy poco, transforma esa imagen en algo inquietante. Lo que podría haber sido nostalgia se convierte en intrusión. El yo queda fuera de la escena, como un espectro, y en vez de entregarse al sentimentalismo, adopta una máscara de cine negro, casi de amenaza. La autobiografía deja de ser confesión y se vuelve atraco metafísico. No se dice “me duele”; se insinúa “he vuelto armado”. Y ahí aparece uno de los rasgos mayores: el humor no como alivio, sino como bisturí.

Porque el humor en Gasoline no descansa: acelera. No suaviza la gravedad, la vuelve decible sin convertirla en sermón. Corso se ríe para no obedecer. Se ríe para no quedar petrificado en una pose trágica o moral. Se ríe, en el fondo, para que el poema no se convierta en una sala con moqueta donde todo acaba muriendo de buena educación. Su comicidad parece irresponsable, pero esa es la trampa: bajo ella hay una lucidez feroz.

El poeta estadounidense Gregory Corso

De ahí que Gasoline funcione también como crítica cultural, aunque nunca adopte la forma del panfleto. Corso no redacta una tesis sobre la posguerra ni sobre el sueño americano. Hace algo más peligroso: muestra cómo el lenguaje de la normalidad intenta domesticarlo todo —el deseo, la pobreza, la ternura, el exceso, el miedo— y responde con una lengua que se escapa de esa máquina. No combate al poder con el idioma del poder. Le cambia el ritmo, le sabotea la respiración, le mete una carcajada en la boca. Es una política del fraseo.

Por eso Gasoline sigue vivo. No como reliquia beat ni como pieza de museo, sino como una escuela de forma. Corso enseña que el poema puede ser un organismo en estado de alerta: cambiar de dirección cuando detecta la solemnidad, ensuciarse cuando la abstracción se vuelve estéril, introducir una chispa cuando el lenguaje amenaza con apagarse. La inestabilidad, en este libro, no es caos. Es una ética. Vivir consiste en no dejarse fijar del todo.

Y quizá ahí esté su actualidad más profunda. Gasoline recuerda algo que la literatura olvida a veces: que un poema no solo debe entenderse, también debe sentirse como un fenómeno físico. Debe sonar, golpear, oler. Aquí, de hecho, el poema huele: a calle, a humo, a escalera, a basura, a lluvia sobre abrigo barato. No se trata de realismo sociológico, sino de materialidad. El verso no flota. Pisa.

El título, entonces, no es decorativo. La gasolina mueve, pero también quema. Es combustible y amenaza. Es energía y riesgo. En Corso, la poesía hace exactamente eso: pone en marcha el lenguaje para incendiar la complacencia. Al cerrar el libro, queda una sensación extraña y fértil: que la realidad sigue oliendo un poco a combustible. Y que, de pronto, parece más frágil, más vibrante, más verdadera.

Por Gabriel Torres Chalk

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