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BREAD OF ANGELS: PATTI SMITH Y LA LEVADURA DE LO SAGRADO

Dibujo: Retrato de Patti Smith II, de Gabriel Torres Chalk

Hay libros que no se publican: se desprecintan. Como una reliquia con tachuelas. Como una carta doblada en cuatro, guardada en un bolsillo interior durante años, con el borde ya convertido en polvo de carretera. Bread of Angels llega así: no como novedad, sino como un acto. Y Patti Smith, que siempre ha eludido las etiquetas y nunca fue exactamente cantante ni poeta ni rockstar sino un animal anfibio de la cultura, vuelve a hacer lo que mejor se le da: convertir la vida en una pieza que suena a oración… y a golpe seco.

A Patti Smith no le interesan las publicaciones: le interesan las apariciones. Un libro suyo no entra en librerías: atraviesa paredes, como un santo callejero que se cuela en tu cocina cuando estás a punto de rendirte a la rutina. Por eso Bread of Angels no se lee con la postura correcta ni con el subrayador preparado. Se lee como se escucha un disco que te cambió el metabolismo: de pie, medio incrédulo, con esa sensación de que alguien ha encendido una luz en un corazón que dabas por perdido.

El título —Bread of Angels— podría sonar a postal devota si lo firmara otra persona. En Patti no hay postal: hay hambre. Hambre de infancia, hambre de sentido, hambre de palabras que no sean un envoltorio sino una herramienta. Pan es lo que sostiene la vida cuando la vida no está para metáforas de Instagram. Ángeles no son querubines de escaparate: son esas presencias de emergencia que, en su obra, aparecen cuando la realidad aprieta y el mundo se vuelve un pasillo demasiado largo. Patti siempre ha sabido algo que el mercado finge no saber: lo sagrado no vive en los templos; vive en el roce, en el duelo, en los raíles, en el trabajo de seguir caminando.

Y hay una decisión que ya marca el tono desde el calendario, como si fuera un instrumento. Bread of Angels se publica el 4 de noviembre de 2025, fecha que no es neutral: coincide con el cumpleaños de Robert Mapplethorpe y con el aniversario de la muerte de Fred “Sonic” Smith. Elige esa coordenada como quien clava una bandera en un terreno emocional: no para apropiárselo, sino para decir “aquí vuelvo, aquí sigo, aquí arde”. Es un gesto típico suyo: convertir la biografía en rito, sin ceremonial de lujo, con lo justo y lo auténtico.

En ese mismo gesto aparece la portada, y la portada no ilustra: testifica. La fotografía es de Mapplethorpe y parece ser que fue tomada en un momento transicional de Patti, entre una etapa pública y el comienzo de otra vida más retirada. La imagen funciona como umbral: aparece suspendida en una especie de calma que no es paz sino concentración, como si estuviera escuchando una señal débil que solo ella capta. Es hermoso (y también un poco brutal) que el libro entre por esa puerta: no es nostalgia, es continuidad. No es “mira lo que fuimos”, sino “mira lo que sigue vivo”.

La palabra memorias se le queda pequeña. Patti usa el género como usa la ropa: se pone lo que le sirve y rompe lo que estorba. Bread of Angels mira hacia la infancia y la adolescencia —un entorno de clase trabajadora en Filadelfia y South Jersey, con el fondo de una América que no era un concepto sino una textura: cocina, calle, escuela, fe, cansancio, blues, imaginación— y al mismo tiempo mira desde la madurez de quien ya ha visto la pérdida de cerca, sin romanticismo y sin melodrama. Se ha descrito como su obra más íntima y visionaria, y lo interesante es que lo íntimo aquí no es confesión; es materia prima. No escribe para explicar quién es: escribe para encender lo que la hizo posible.

Hay un hilo espiritual que atraviesa el libro sin convertirse en sermón: preguntas sobre el alma, la infancia como laboratorio metafísico, la religión como primer idioma poético, y luego la vida adulta demoliendo, reconstruyendo, volviendo a preguntar.

Hay una clase de honestidad que no consiste en contarlo todo, sino en no mentir en el tono. Patti domina esa honestidad como un arte marcial. La niña que bombardea a su madre con preguntas grandes —sobre Dios, sobre el mundo, sobre el sentido— con esa mezcla de inocencia y ferocidad que luego será su firma en el escenario. Esa escena vale más que un manifiesto: muestra que su punk no nace del no future como pose, sino de una interrogación antigua, casi religiosa, que no acepta respuestas de plástico.

Lo disruptivo de Bread of Angels no está en el gesto fácil de ser provocadora (eso sería una parodia tardía). Está en su manera de ser elegante sin volverse domesticada. Patti escribe con una elegancia que no es etiqueta: es trazo claro, precisión, economía, un tipo de frase que parece sencilla hasta que te das cuenta de que te ha cambiado la respiración. Y al mismo tiempo conserva la electricidad punk en el lugar correcto: en su negativa a convertir el dolor en producto, en su negativa a sonar complaciente, en su negativa a fingir que la vida se arregla con una moqueta y frases bonitas.

Quien haya leído Just Kids reconocerá aquí ese pulso de memoria viva, pero Bread of Angels no juega exactamente a la misma partida. Algunos comentarios críticos lo han situado en un punto intermedio entre la narrativa más lineal de Just Kids y la deriva meditativa de M Train. Esa comparación tiene sentido: Patti vuelve a la autobiografía, pero no para repetirse; vuelve para cambiar el enfoque, como quien ajusta un objetivo y descubre que la misma escena, con otra luz, cuenta otra verdad.

Patti ha contado que le llevó una década de trabajo. Esto último importa: no por la cifra, sino por lo que implica. Un libro de diez años no es un lanzamiento: es una sedimentación. Escribirlo ha sido, para ella, otra forma de vivir.

La voz de Patti en audiolibro, además, no es un extra: es parte del acto. Cuando Patti lee, el texto vuelve a su origen oral, a ese lugar donde la poesía es un cuerpo en el aire. Su voz —esa mezcla de susurro, aspereza, plegaria y calle— convierte las páginas en algo parecido a una ceremonia mínima: sin incienso, con café frío, con la verdad por delante.

Hay quien cree que Patti Smith es una figura del pasado que se mantiene por aura. Bread of Angels contradice esa lectura con una facilidad cruel: no porque actualice nada, sino porque insiste en lo que siempre fue contemporáneo en ella. Patti no está al día: está a la intemperie. Y eso no caduca. La intemperie es una época permanente.

Además, el libro cae en un momento con resonancias públicas: el ciclo del 50º aniversario de Horses y el movimiento de Patti en escenarios y actos. Ese contexto no convierte el libro en apéndice promocional; al revés: realza que su obra funciona como un continuo, como una cuerda tensada entre la juventud incendiaria y la madurez que sabe que el fuego no es solo brillo: también es ceniza, también es casa quemada, también es luto.

Lo que hace especial a Bread of Angels es que no se presenta como “la verdad definitiva” de Patti Smith. El libro parece más interesado en otra cosa: en mostrar cómo se fabrica una conciencia. Cómo una niña que pregunta demasiado se convierte en una mujer que escribe como si cada frase fuera una forma de fidelidad. Fidelidad a los muertos, pero también fidelidad a una vida vivida sin cinismo, incluso cuando el cinismo sería la salida fácil.

Y aquí aparece lo punk donde debe: no en el gesto de escándalo, sino en el gesto de resistencia. Resistencia a la banalización de la memoria. Resistencia a la industria que pide contenido y no sabe qué hacer con una voz que trae vida en vez de fuegos artificiales. Resistencia a ese mandato moderno de superarlo todo rápido. Patti, como buena callejera del espíritu, no supera: convive. No vende redención, vende compañía. Y eso hoy en día es casi subversivo.

Patti no escribe para explicarse. Escribe para invocar. Para recordar que la cultura no es un escaparate; es una hoguera. Y que a veces el verdadero lujo es poder decir esto me dolió sin ponerle maquillaje de Instagram al duelo.

Bread of Angels se suma a una tradición —digamos— excéntrica: la de los libros que no intentan deslumbrarte, sino acompañarte en el lugar donde nadie posa. En ese sentido, vuelve a ser lo que siempre fue: una artista que mezcla la liturgia y el garaje, la oración y el amplificador, la biblioteca y la carretera. Un ángel, si quieres, pero de los que llevan botas. Y pan, pero del que se parte con las manos, sin protocolo.

En tiempos de ruido, Patti Smith publica un libro que no sube el volumen: sube lo auténtico. Bread of Angels no pretende ser la autobiografía definitiva. Pretende ser algo más raro y más valiente: una lámpara encendida en el pasillo de la memoria, para que podamos cruzar sin fingir que no tenemos miedo. Y eso, hoy, es punk.

Por Gabriel Torres Chalk

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