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YOKO OGAWA: LA HABITACIÓN DONDE DESAPARECEN LAS COSAS

Pintura: Bailando con elefante y gato, de Gabriel Torres Chalk.

Hay escritores que construyen mundos y escritores que hacen desaparecer lentamente el mundo que creíamos conocer. Yoko Ogawa no necesita incendiar una ciudad, hacer estallar un vehículo, abrir una grieta en el cielo o colocar un cadáver en mitad de la habitación. Le basta una mesa, una ventana, un objeto cuidadosamente depositado sobre una repisa, alguien que ha dejado de recordar una palabra. En sus libros, lo inquietante suele entrar sin hacer ruido. Cuando advertimos que está allí, lleva varias páginas sentado a nuestro lado.

Este mes llega a las librerías españolas Una perfecta habitación de enfermo, publicado por Tusquets. No estamos exactamente ante una nueva Yoko Ogawa, sino ante el regreso de una Ogawa muy temprana. El libro procede de los comienzos de su trayectoria literaria y contiene dos narraciones atravesadas por la enfermedad, la vejez, la pérdida y esa extraña frontera donde una persona continúa físicamente entre nosotros mientras algo de ella ha comenzado ya a marcharse.

Quizá por eso resulta particularmente hermoso leerlo ahora. Porque permite regresar al principio después de haber conocido el futuro. Quien haya pasado por La fórmula preferida del profesor, La policía de la memoria, Venganza o algunas de las otras habitaciones que Ogawa ha ido construyendo durante décadas reconocerá inmediatamente el aire. Está la memoria, desde luego. Está la ausencia. Está el cuerpo. Están los objetos. Y está, sobre todo, esa forma suya de encerrar a los personajes en espacios aparentemente pequeños hasta que esos espacios adquieren dimensiones metafísicas. Una habitación de hospital puede contener un universo entero.

Ogawa parece saber que la verdadera profundidad no siempre se encuentra viajando hacia lugares remotos. A veces basta con cerrar una puerta. Esta fascinación por los espacios delimitados atraviesa buena parte de su obra. Habitaciones, laboratorios, casas, museos, residencias, islas. Lugares donde el mundo exterior parece quedar momentáneamente suspendido y donde los pequeños gestos empiezan a adquirir una intensidad desproporcionada. Un objeto cambia de sitio. Una palabra deja de existir. Un recuerdo se erosiona. Alguien observa una cicatriz. Alguien espera.

La prosa japonesa contemporánea se ha vendido demasiadas veces en Occidente envuelta en una especie de papel de seda: gatos, lluvia, cafeterías, trenes, soledad, jazz, tazas de té, personajes contemplando el vacío desde una ventana. Una imagen que termina convirtiendo una tradición literaria extraordinariamente compleja en decoración de interiores. Ogawa escapa de esa postal. Su silencio no es decorativo. Tiene dientes. En La policía de la memoria, por ejemplo, las cosas comienzan a desaparecer de una isla. Primero desaparecen determinados objetos; después, el recuerdo mismo de esos objetos. Lo extraordinario no es solamente la premisa —que podría conducir fácilmente hacia la distopía política o la ciencia ficción— sino la mansedumbre con la que los habitantes aceptan progresivamente que partes enteras de la realidad sean borradas.

Eso es mucho más inquietante. Porque quizá la desaparición definitiva de algo no se produce cuando ese algo deja de existir, sino cuando dejamos de echarlo de menos. También La fórmula preferida del profesor, aparentemente mucho más luminosa, gira alrededor de una devastación: la memoria de un matemático dura apenas ochenta minutos. Cada encuentro debe comenzar de nuevo. Cada vínculo humano tiene que enfrentarse a la erosión constante del tiempo. Y, sin embargo, de esa limitación nace algo parecido a la ternura. Las matemáticas aparecen entonces como una forma de resistencia. Los números permanecen. Las relaciones entre ellos continúan siendo verdaderas aunque alguien las olvide. Hay algo profundamente conmovedor en esa idea.

Pero entre sus libros hay uno por el que siento una predilección especial: Bailando con elefante y gato. Tal vez porque en él el universo de Ogawa alcanza una de esas combinaciones imposibles en las que lo extraño, lo doloroso y lo hermoso dejan de poder separarse. Su protagonista es un niño que nació con los labios sellados. Está fascinado por Indira, una elefanta que quedó atrapada en la terraza de unos grandes almacenes después de crecer tanto que ya no pudo abandonar el lugar. Más adelante conocerá a un extraordinario jugador de ajedrez que vive en un autobús y aprenderá a jugar sin mirar el tablero, ocultándose debajo de él, hasta terminar entrando en el interior de un autómata.

Contado así, podría parecer un sueño. En Ogawa no lo parece. Ese es uno de sus prodigios. La elefanta demasiado grande para abandonar su encierro, el muchacho escondido bajo un tablero de ajedrez, el cuerpo introducido finalmente dentro de una máquina: toda la novela parece atravesada por una misma pregunta. ¿Cuánto espacio necesitamos para existir? ¿Y qué sucede cuando crecer significa dejar de caber en el lugar que nos protegía?

Por eso siempre me ha parecido una obra magistral. El ajedrez deja de ser allí un juego de conquista para convertirse casi en una forma secreta de respiración. El niño no necesita contemplar las piezas para ver la partida. Tiene que retirarse del mundo visible, desaparecer debajo del tablero, escuchar mentalmente los movimientos. Como ocurre tantas veces en Ogawa, cuanto más reducido es el espacio físico, más inmenso parece hacerse el territorio interior.

Y alrededor permanecen el elefante y el gato.

Criaturas, piezas, seres humanos y máquinas participando de una coreografía extraña cuyo verdadero adversario quizá no sea ningún jugador situado al otro lado del tablero, sino algo mucho más elemental e inevitable: crecer.

Hay escritores a los que reconocemos por sus argumentos. A Ogawa la reconocemos por la energía de una habitación. Quizá tenga que ver con algo extraordinario que ella misma ha contado sobre su manera de escribir. Cuando comenzaba, comprendió que las historias se le presentaban como si estuvieran ya allí, enterradas bajo tierra, semejantes a fósiles que esperaban ser encontrados y descifrados. La imagen es hermosa porque cambia por completo la posición del escritor. El escritor ya no sería necesariamente quien fabrica una historia. Sería quien la encuentra. Quien retira la tierra. Quien distingue entre una piedra cualquiera y la pequeña vértebra de un animal desaparecido hace millones de años. Una brocha pequeña. Ogawa ha relacionado esa búsqueda con otra intuición todavía más perturbadora: muchos de sus personajes están, en cierto sentido, muertos antes de morir. Han sufrido algo que no consiguen expresar. Han perdido las palabras capaces de nombrar aquello que les ha sucedido. La literatura aparece entonces como la posibilidad de devolvérselas.

Dar palabras a quienes las han perdido. Tal vez pocas definiciones del arte de escribir me resulten tan hermosas. Porque escribir sería entonces una especie de arqueología de lo humano. Hay algo enterrado. Una experiencia, una herida, un recuerdo, un miedo, una persona que ya no está. No sabemos exactamente qué forma tiene. Excavamos. A veces encontramos apenas un fragmento. Y con ese fragmento intentamos reconstruir el animal entero.

En Una perfecta habitación de enfermo, esa búsqueda se aproxima directamente al cuerpo. Una joven acompaña a su hermano, gravemente enfermo, durante su estancia en un hospital. En la otra narración del volumen, Una mariposa en el hueco de la mano, una nieta contempla cómo su abuela se aleja progresivamente de la realidad después de ingresar en una residencia. Tal vez esa sea una de las situaciones más extrañas a las que puede enfrentarse un ser humano: asistir a la lenta ausencia de alguien cuya presencia física continúa ocupando una cama, una silla, una habitación.

Ogawa no parece interesada en explicar ese misterio. Lo observa. Vivimos en una época que parece exigir que todo grite. Las imágenes gritan. Las noticias gritan. Las redes sociales gritan. Las opiniones se atropellan unas a otras para conseguir unos segundos de atención. Incluso una parte de la literatura contemporánea parece haber aceptado esa competición por la intensidad inmediata. Ogawa hace exactamente lo contrario. Reduce el volumen. Nos invita a acercarnos. Y cuando nos hemos acercado lo suficiente, descubrimos que dentro de aquella pequeña habitación blanca estaba ocurriendo algo inmenso. Es una poética extraña para nuestro tiempo. Y quizás precisamente por eso resulta tan necesaria.

Por Gabriel Torres Chalk

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