VOLVER AL SUBSUELO: RALPH ELLISON BAJO 1.369 BOMBILLAS

Cuadro: Ralph Ellison: 1369 Bombillas, de Gabriel Torres Chalk.
Hay una habitación debajo de Nueva York en la que arden 1.369 bombillas. No hay ventanas, pero sobra luz. El hombre que vive allí las ha conectado ilegalmente a la red eléctrica, como si hubiese decidido cobrarle al mundo, lámpara por lámpara, la deuda de no haberlo visto. Suena Louis Armstrong en el tocadiscos. Afuera, la ciudad continúa con su tráfico, sus escaparates y sus certezas. Abajo, un hombre sin nombre empieza a contar cómo llegó a ser invisible. Volver a Invisible Man es volver a ese subsuelo. O quizá ocurre al revés: los libros verdaderos no esperan quietos en una estantería; siguen excavando bajo nosotros hasta que un día el suelo cede y caemos de nuevo en ellos.
Ralph Ellison publicó la novela en 1952. Era su primera novela y sería la única que vería publicada en vida. Permaneció dieciséis semanas entre los libros más vendidos y al año siguiente obtuvo el National Book Award. Los datos impresionan, pero también pueden convertirse en una vitrina, y una vitrina es otra forma bastante respetable de no mirar lo que contiene. Invisible Man lleva más de siete décadas recibiendo elogios, entrando en programas universitarios y ocupando su lugar en las listas del siglo XX. No se cumple ahora ningún aniversario redondo. Mejor. Las grandes novelas no necesitan la coartada del calendario. Regresamos a ellas porque algo del presente ha empezado a hacer ruido en sus páginas.
La invisibilidad del narrador de Ellison no tiene nada de fantasmagórico. Él está ahí: posee cuerpo, memoria, inteligencia, deseo. Son los demás quienes no consiguen verlo sin colocar antes una idea sobre su rostro. Cada institución que lo acoge ya ha escrito el papel que deberá interpretar: alumno ejemplar, representante de una raza, trabajador prescindible, orador útil, camarada obediente. Incluso quienes aseguran actuar en su nombre terminan utilizándolo como una voz alquilada. Su viaje desde el Sur hasta Harlem es también un recorrido por distintas máquinas de fabricar identidades. Cambian los discursos y los uniformes; el mecanismo permanece. Antes de que entre en una habitación, alguien ha decidido ya quién es.
Sería cómodo reducir la novela a una parábola universal sobre la identidad, pero hacerlo borraría precisamente aquello que Ellison obliga a mirar. La invisibilidad de su protagonista tiene color, país e historia. Nace de la experiencia negra en Estados Unidos, del racismo convertido en costumbre, espectáculo, administración y violencia. La escena de la batalla real, la universidad, la fábrica de pinturas Liberty Paints, la Hermandad o el disturbio de Harlem no son simples estaciones alegóricas. Pertenecen a una historia concreta. Y, sin embargo, es esa precisión —no su disolución— la que permite que el libro alcance a otros lectores. Lo universal no aparece cuando se eliminan los rasgos de una vida, sino cuando una vida ha sido contada con tanta intensidad que termina iluminando las zonas oscuras de las demás.
Ahí comienza su actualidad brutal. Vivimos en una época que ha confundido visibilidad con existencia. Publicamos, etiquetamos, registramos, escaneamos; ofrecemos el rostro a las cámaras y la biografía a los formularios. Nos convertimos en estadísticas y objetos de consumo. Nunca habíamos sido tan visibles y quizá nunca había resultado tan fácil convertir a una persona en una categoría. Se puede tener perfil y no tener voz, acumular imágenes y carecer de mirada, aparecer en todas las pantallas sin estar presente para nadie. El racismo que describe Ellison no ha desaparecido, ni tampoco sus consecuencias materiales, pero a sus viejas formas se han añadido nuevas tecnologías de simplificación. El algoritmo, la consigna y la tribu ideológica comparten una tentación antigua: decidir qué es alguien antes de escucharlo. La novela no predijo nuestras máquinas; reconoció el hambre humana que acabaría construyéndolas.
Ellison, por fortuna, no permite que la tesis domestique la novela. Invisible Man piensa, pero también suda, tropieza, llora, canta, grita y se ríe. Avanza como una pieza de jazz: recupera un motivo, lo deforma, improvisa sobre él y lo devuelve cargado de otra sombra. Hay sátira dentro de la tragedia y una energía grotesca que impide convertir al protagonista en estatua. La pintura Optic White, de un blanco casi agresivo, necesita en su mezcla unas gotas negras; pocas imágenes explican con tanta precisión un país y, al mismo tiempo, se resisten tanto a quedar reducidas a explicación. Cuando el dolor amenaza con petrificar el relato, el humor le mueve la mandíbula. Cuando la ideología pretende cerrar el sentido, la música abre otra puerta.
También por eso conviene volver a Ellison. No solo para comprobar qué ha ocurrido con el mundo desde 1952, sino para descubrir qué no vimos nosotros en la lectura anterior. Un libro de esta naturaleza cambia porque el lector se mueve a su alrededor. Releer es también una forma de creación: el lector ya no se limita a recibir el texto, sino que participa en su escritura latente y hace visible aquello que una sola lectura no podía mostrarle. En una primera lectura puede imponerse la rabia; en otra, la seducción de los sistemas que prometen reconocernos a cambio de obediencia; más tarde, la soledad de quien ha desmontado todas las identidades ajenas y todavía debe aprender a habitar la propia. Releer no es rendir homenaje. Es aceptar que nuestra primera mirada era incompleta y que quizá lo siga siendo.
Al final, el hombre invisible se pregunta si ha llegado el momento de abandonar su hibernación. No sale del subsuelo convertido en una identidad pura ni en propietario de una verdad definitiva. Sale contradictorio, herido, alerta. Tal vez esa sea la razón más honda para regresar a la novela: Ellison no nos entrega un personaje al que por fin podamos clasificar correctamente, sino una presencia que desordena nuestras clasificaciones. Cierro el libro y las 1.369 bombillas continúan encendidas bajo la ciudad. No sé si, después de tantas páginas, hemos aprendido a verlo por completo. Sí sé que salimos de allí un poco menos seguros de nuestra propia mirada. Y esa pequeña pérdida de seguridad, en los tiempos que corren, ya es una forma de luz.
Por Gabriel Torres Chalk
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