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SONREÍR CON TRISTEZA: RETORNO A »UN MUNDO PARA JULIUS»

Dibujo de Gabriel Torres Chalk

Hay escritores a los que se admira; hay otros a los que, además, se les debe algo. Alfredo Bryce Echenique pertenece, para muchos lectores, a esa segunda especie, que es más rara y más íntima. La noticia de su muerte ha devuelto su nombre a los periódicos y a la memoria pública, pero en realidad Bryce nunca ha sido un autor que se lea del todo en público: se le lee en una zona más secreta, más personal, casi más biográfica. Uno vuelve a él como vuelve a una voz que, en un momento decisivo, nos enseñó que la literatura también podía respirar, titubear, divagar, sonreír con tristeza y convertir la fragilidad en estilo.

Leí Un mundo para Julius por primera vez en Valencia, cuando era estudiante universitario. Volver hoy a sus páginas tiene, por eso, algo más profundo que la relectura: tiene que ver con el regreso. No solo retorno a una obra mayor de la literatura en español, sino también a una etapa de mi propia formación, a una sensibilidad, a una manera de mirar el mundo.

Jorge Eduardo Benavides lo ha dicho con una precisión perfecta:

“Su primera lectura es un feliz descubrimiento y su relectura un gozo que no se acaba.”

Hay libros que, al abrirse de nuevo, no devuelven solo sus personajes o su música, sino también la luz de la época en que los leímos. Y en Un mundo para Julius esa música es esencial, hasta el punto de que, como escribió Cecilia García Huidobro:

“Un mundo para Julius es un bolero que se lee”.

Quizá esa sea una de las pruebas más hondas de la grandeza literaria: algunos libros no envejecen, simplemente nos esperan para devolvernos, intacta y temblorosa, una parte de quienes fuimos.

Retornar a Un mundo para Julius es volver no solo a una novela decisiva, sino a un clima entero de la literatura y de la vida. Publicada en 1970, en un Perú sacudido por las reformas del velasquismo y en una Lima todavía gobernada por los códigos, las jerarquías y las ceremonias de una burguesía segura de sí misma, la novela de Alfredo Bryce Echenique hizo algo extraordinario: retrató ese mundo desde dentro, pero sin rendirse a él. Lo observó con ironía, con tristeza, con una ternura que no absolvía a nadie.

Leída hoy, no parece una pieza de museo, sino una lección intacta sobre cómo la literatura puede revelar una sociedad entera a través de una voz, una infancia y una música verbal irrepetible.

No creo que el valor de Bryce resida únicamente en haber escrito algunas de las novelas más singulares de la narrativa latinoamericana contemporánea —ahí están Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña, No me esperen en abril, El huerto de mi amada o sus libros de memorias—, sino en algo más difícil de aislar: haber encontrado una música propia, una manera de narrar que parecía improvisada y, sin embargo, estaba sostenida por una inteligencia literaria finísima.

Un mundo para Julius, publicada en 1970, sigue siendo la gran puerta de entrada para muchos lectores; no solo por su retrato de la alta burguesía limeña visto desde la infancia, sino porque en ella ya estaba ese tono tan suyo, donde la ternura y la ironía se corrigen mutuamente para que ninguna de las dos caiga en la facilidad.

Un mundo para Julius apareció en un Perú que acababa de entrar en la etapa del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, iniciado en 1968, en un momento de reformas, nacionalizaciones y cuestionamiento del viejo orden social. Esa irrupción histórica vuelve especialmente significativa una novela que, sin escribir desde la consigna ni desde el panfleto, observa desde dentro la alta burguesía limeña y deja ver sus rituales, sus cegueras y su gramática íntima del privilegio.

Desde el inicio fue leída como una obra clave precisamente por esa capacidad de mirar una clase desde el detalle vivo, no desde la caricatura ideológica.

Tampoco Lima era una ciudad estática. Era una capital atravesada por una modernización desigual, por fuertes jerarquías sociales y por un crecimiento urbano que iba desbordando sus viejos marcos oligárquicos. En esos años convivían la ciudad de las familias tradicionales, los clubes, las casas grandes y el servicio doméstico con otra Lima en expansión, tensionada por la migración interna, la informalidad urbana y la recomposición del espacio social.

Bryce no convierte eso en tesis: lo vuelve atmósfera, gesto, modo de hablar, distancia entre cuerpos. Ahí está una de sus grandezas. No explica Lima: la encarna.

Y quizá eso sea una de las cosas que todavía podemos aprender de la novela: que una gran crítica social no necesita gritar. Un mundo para Julius enseña que la literatura puede desmontar un mundo desde la infancia, desde el humor, desde la ternura, incluso desde una aparente levedad.

Bryce entendió algo muy difícil: que una sociedad se revela tanto en sus violencias explícitas como en sus modales, sus silencios, sus repartos invisibles del afecto y del desprecio. Julius mira, escucha, siente. Y a través de esa sensibilidad infantil el lector percibe que bajo la elegancia hay soledad, que bajo el lujo hay jerarquía, y que bajo la normalidad hay una pedagogía brutal de clase.

También podemos aprender algo más literario y menos sociológico: que la ironía no está reñida con la compasión. Bryce no fue un moralista seco. Su prosa sabe que el ridículo forma parte de la condición humana, pero no aplasta a sus personajes bajo ese ridículo. Los deja respirar, titubear, sufrir, hacer el payaso, vivir.

Por eso sigue siendo tan actual: porque en una época inclinada al juicio instantáneo, Bryce recuerda el valor de una mirada compleja, una mirada que entiende que el mundo social es cruel, sí, pero también absurdo, frágil y profundamente humano.

Bryce parecía escribir como quien conversa al borde de una sobremesa larguísima, pero debajo de esa naturalidad había un dominio absoluto del ritmo emocional. En sus libros la digresión nunca es mero adorno: es respiración.

La frase se ensancha, retrocede, se distrae, se deja rozar por lo anecdótico, y cuando el lector ya cree estar paseando por una rama lateral del relato, descubre que allí estaba precisamente el corazón de la escena. Fue uno de esos narradores capaces de volver literaria la vacilación, el desorden sentimental, el recuerdo que no avanza en línea recta, la conciencia que se pierde un poco porque está viva.

En mi caso, la influencia de Bryce tuvo que ver justamente con ese descubrimiento. Leerlo por primera vez fue comprender que una novela podía ser al mismo tiempo culta y cálida, sofisticada y desmañada, hilarante y profundamente triste. Que el humor no rebaja la literatura, sino que a veces la salva de la solemnidad, esa enfermedad tan frecuente.

Que la emoción no necesita presentarse con uniforme de gala para ser honda. Y que la memoria, cuando de verdad importa, no se organiza: vuelve por ráfagas, por asociaciones, por pequeñas catástrofes del corazón.

Su prosa posee una cortesía extraña, una educación sentimental en permanente peligro de naufragio. Sus novelas parecen saber que el mundo es absurdo, injusto, clasista, cruel, y aun así dejan pasar una corriente de humor, de compasión, de música interior. Ese equilibrio entre la herida y la sonrisa acaso sea una de sus marcas más altas.

Sus libros tienen esa capacidad de activar no solo la memoria de lo leído, sino la memoria de quien leía. Uno se reencuentra con ciertas páginas y, al mismo tiempo, con la edad que tenía cuando esas páginas le abrieron una puerta. Esa experiencia, tan misteriosa como concreta, define a los escritores verdaderamente importantes: no solo escriben libros, escriben una zona de nuestra vida.

Por eso, más que lamentar la pérdida, creo que lo que corresponde es reconocer la persistencia de su obra. En tiempos de prosas cada vez más veloces, más enfáticas o más programáticas, volver a Bryce recuerda el valor de una literatura donde el estilo piensa, vacila, bromea, se desvía, se duele y regresa. Una literatura en la que el humor no excluye la elegía, y la elegía no cancela la ironía. Una literatura, en fin, donde la inteligencia nunca deja de ser humana.

Desaparece una figura central de la narrativa hispanoamericana de las últimas décadas. Con la relectura de sus libros, en cambio, vuelve algo que estaba intacto: esa voz inconfundible que parecía hablarnos al oído desde el desorden maravilloso de la vida.

Volver a Bryce no es solo volver a un gran escritor: es volver a la experiencia, cada vez más rara, de una literatura que sabe mirar el mundo sin simplificarlo, herirlo sin sermonearlo y recordar que la elegancia, cuando es verdadera, también puede ser una forma de compasión.

Por Gabriel Torres Chalk

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